Un refugio en lo alto del valle de Bubín con vistas espectaculares. Dispone de un pilón de agua natural junto a la cabaña. ¡Respeta a las vacas y deja todo como te gustaría encontrarlo!
Distancia
10 km
Tiempo
3 horas
Desnivel
375 m
De pequeño, antes incluso de conocerla bien, yo ya había oído hablar de la Caseta de Arriba como se habla de ciertos lugares que parecen un poco más grandes que un sitio cualquiera. No era solo una cabaña. Era donde se subía a pasar el día, donde la gente iba a estar junta, a comer, a reír, a respirar un poco más hondo. Era montaña, amistades, familia, vida. Y yo escuchaba todo eso desde abajo, imaginándolo.
Luego llegaba el día de subir.
Y la primera vez que uno la ve allí arriba, pequeña y quieta en mitad de la campa, rodeada de tanta montaña, pasa algo difícil de explicar. Porque es pequeña, sí, pero también parece enorme. O no enorme exactamente: importante. Como si estuviera donde tiene que estar. Como si llevara allí desde siempre, esperando.
De niño todo era luz. Todo era claridad. Subías de día y el monte era abierto, limpio, casi fácil de entender. Todo parecía bonito de una manera entera, sin grietas. La cabaña era una meta y a la vez una promesa. Llegar hasta allí ya era bastante, pero además estaba esa otra idea, la que uno escucha en boca de los mayores y guarda dentro sin decir nada: dormir arriba.
Yo quería dormir allí mucho antes de poder hacerlo.
Lo había oído contar. Quedarse en la cabaña. Pasar la noche. Ver cómo cae la tarde, cómo el monte va cambiando, cómo todo se va quedando en silencio. Para mí aquello era casi lo más grande que podía pasar. Pero era pequeño. Todavía no tocaba.
Hasta que un día sí.
Recuerdo subir con mi tía Ima, y recuerdo sobre todo esa sensación de que algo se abría. Como si hasta entonces hubiese conocido la cabaña solo a medias. Dormir allí era entrar de verdad en su otra cara. Ya no era solamente el sitio al que subías, comías, descansabas y volvías. Era otra cosa.
Porque al atardecer todo empieza a cambiar despacio.
La luz se va apagando sobre la montaña con una calma que no se parece a ninguna otra. Las sombras se estiran. El aire se enfría. Y lo que durante el día parecía cercano, conocido, casi doméstico, empieza a alejarse de uno sin moverse del sitio. Sigue siendo el mismo valle, la misma campa, la misma cabaña. Pero ya no lo sientes igual.
Y luego llega la noche.
Y allí arriba la noche no es como en otros sitios. Allí arriba la noche tiene una profundidad difícil de contar. Miras hacia fuera y todo se vuelve inmenso. Abierto. Antiguo. La Vía Láctea encima, el monte alrededor, el silencio, o ese casi silencio que nunca lo es del todo. Y entonces uno nota algo. No miedo exactamente. O no solo miedo. Más bien respeto. Una especie de temblor por dentro. La sensación de estar en un lugar precioso, sí, pero también en un lugar que no te pertenece del todo.
Durante el día todo parecía claro. Durante la noche entiendes que la claridad era solo una parte.
A veces se escucha un ruido a lo lejos. Un animal, seguramente. Uno que conoces, uno que sabrías nombrar de día sin pensarlo. Pero por la noche no es lo mismo. La noche agranda las distancias, agranda las preguntas, agranda incluso lo que uno imagina. Y empiezas a mirar hacia la oscuridad no con terror, sino con esa duda antigua que da la naturaleza cuando estás dentro de ella de verdad. Sabes que está ahí. Sabes que siempre ha estado ahí. Sabes que tú eres el que pasa.
Y en ese momento piensas en todo eso que no vemos del todo, pero sentimos.
No hace falta ponerle nombre.
No hace falta inventar nada.
Basta con haber pasado una noche allí para entender que la montaña, cuando se queda sola consigo misma, tiene una presencia distinta. Como si supiera algo de nosotros que nosotros apenas llegamos a entender. Como si nos mirara también. No de una manera hostil. No de una manera oscura. Simplemente desde su inmensidad, desde su sitio, recordándonos que estamos dentro de algo mucho más grande.
Y, sin embargo, nunca he sentido la Caseta de Arriba como una amenaza. Al contrario. Con los años ha sido cada vez más refugio.
Fui creciendo. Volví con más familia. Volví más veces. Y cada vez que regresaba, la cabaña seguía siendo la misma y a la vez no. Porque el que cambiaba era yo. Y ella, de alguna forma, me iba devolviendo algo distinto en cada etapa. Primero fue asombro. Luego aventura. Luego respeto. Después, con el tiempo, se convirtió en algo todavía más hondo: un lugar al que volver por dentro.
Eso es quizá lo más difícil de explicar.
Que hay sitios que no se quedan solo en el paisaje. Sitios que uno lleva consigo. Sitios que aparecen en la memoria cuando la vida aprieta, cuando todo se vuelve ruido, cuando uno anda lejos o cansado o desordenado. Y entonces basta pensar en la Caseta de Arriba para que algo se coloque. Para recordar a la familia. Al valle. Al pueblo. A la montaña. A una versión de uno mismo más limpia, más verdadera, más pequeña también, en el mejor sentido.
Como si allí arriba todo tuviera una medida distinta.
Por eso cada vez que vuelvo siento que no regreso solo a una cabaña. Regreso a algo que me ha acompañado siempre. A la luz de los primeros días. A la ilusión de aquel niño que soñaba con dormir arriba. A la noche inmensa que me enseñó que la belleza también puede imponer respeto. A esa mezcla de paz y vértigo que todavía sigue ahí, intacta, y que en lugar de alejarme me llama.
Porque hay lugares que uno visita.
Y hay otros, mucho más raros, que de algún modo lo guardan a uno.
Para mí, la Caseta de Arriba siempre ha sido eso.
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* El agua del pilón no está tratada.
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